Ay señor...
Como si las horas hubieran caído muertas y los cuchillos sesgaran la cuerda. Me siento ir en tus ojos, tus labios carnosos llenos de vino. Rojo vino que me ha manchado la chaqueta de pana nueva que no limpio. Sólo la sospecha de tu inquietúd me hace brindar de nuevo, cuando llores y sueltes lo que no es bello, lo que se desprende de un amor ciego.
Que no estoy ciego, niña bonita, ni voy a cerrar el ojo al viento, ni me dará pena lo que ignoras.
Exaltado brinco el muro de lo ajeno. Rasgo el manto del rencor y tiro la copa por error. No es amor, es tan sólo un motivo, una razón, que pueda sentir de nuevo una caricia...un adiós.