Un prejuicio positivo
Photo: Notre Dame´s front door
Ese señor, lo decía irónicamente claro "el alma no existe, yo no creo en ella pero habrá que cuidarla y alimentarla, no vaya a ser que se enfaden los señores obispos".
Alimentemos lo que haga falta con tal de que no se enfaden los demás porque los demás son muchos y no son cobardes. Tiremos piedras, ignoremos todo lo que nos hace ser orgullosos, hagamos que nuestra actitúd sea el reflejo de nuestros deseos pero seamos fieles... Te dejaría escrito el decálogo de la buena vida para que entendieras que el orden es necesario y obedece a un principio innegable: la propiedad privada. Yo no soy lo que tengo, yo soy lo que podría tener y esculpirlo a mi antojo, yo podría tener un alma y diseñarla conforme a las exigencias de mis antojos, pero no sé cómo hacerlo porque los señores obispos se dedican a otros menesteres futuros, obviando la realidad del presente, la realidad de mi deseo. No es que los obispos sean malos, ni que las religiones les obliguen a postularse como enemigos de lo humano, la cosa mala es el monoteísmo soso, aburrido, insípido y claustrofóbico. Yo quiero muchos dioses, y quiero un alma para cada dios, como los griegos, que dentro de su osada manera de creerse únicos sabían distinguir todos los deseos y darle a cada uno de ellos un dios para poder concentrarse en elloy no divagar o ser supersticioso, especular con el hecho y la acción como si la realidad fuera moludable o moldeable.
El alma no existe, yo no creo en ella, pero habrá que cuidarla.